lunes, 27 de abril de 2009

Plumas y Cartones


Era un domingo de otoño como cualquier otro en el barrio de San Telmo. La mayoría de los negocios permanecían cerrados, y sobre la calle Independencia casi ni pasaban los autos. Yendo por la calle Defensa hacia la calle Belgrano, es decir, hacia el corazón de San Telmo, desfilaba un grupo de cartoneros con sus carros. El grupo no superaba las quince personas y se conformaba por hombres y mujeres de variada edad, pero también caminaban a la par cinco niños que llamaban la atención por estar descalzos y ligeros de ropa a pesar del frío insoportable que aparecía con la caída del sol. Llegando a la esquina de la calle México, un cordón policial los detuvo, advirtiéndoles que tenían que desviar su camino sin darles explicación alguna.
Al mismo tiempo, sobre México se deslizaba un enorme carro, más bien carroza de desfile de comparsa. Arriba del carruaje bailaban seis mujeres voluptuosas que se caracterizaban por la suntuosidad de sus disfraces multicolores, acompañados al ritmo de música brasilera, que hacía bailar a cualquiera que la oyera. Al costado del carro se desplazaba otro grupo de hombres y mujeres que también vestían disfraces con plumas y de variados colores. Alrededor de ese perfecto cuadro relucían las cámaras, las luces, los papelitos y las guirnaldas.
- ¡Corten!- exclamó un señor con un megáfono, y de repente la música, el carro, los bailarines y los papelitos se detuvieron. – Que el carro avance otra vez, pero más despacio, y los bailarines simulen que esto es una verdadera fiesta – diciendo la palabra “fiesta” con el megáfono para que todos lo escuchen. – Pero tenemos mucho frío- balbuceó una de las chicas que estaba sobre el carruaje. - No me importa el frío, ¡bailen con más ganas!- le contestó el señor del megáfono, - bueno, está bien, entren todos a tomar una taza de café caliente, coman algo y en cinco minutos los quiero afuera para grabar otra toma.
Los bailarines ingresaron a un garaje, dando a entender que toda la fiesta era sólo para una publicidad o algo parecido.
Mientras la calle México quedaba sin gente, los cartoneros seguían discutiendo con el cordón policial. – Nos falta una cuadra para llegar al comedor, y nos costó mucho traer los carros hasta acá – manifestó uno de los cartoneros. De repente uno de los niños descalzos rompió en llanto diciéndole a una señora distinguida por la humildad de su vestimenta que tenía hambre y frío.
– ¿Ustedes no ven cómo llora el pibe?, estamos cansados y tenemos hambre – le discutía otro cartonero a uno de los policías.
Los bailarines volvían a escena con sus plumas, se colocaban cada uno en sus respectivas posiciones, como maniquíes en vidriera. – Papelitos, ¿listos?, música, ¿lista?... ¡acción!- volviendo a escena también el señor del megáfono. Desde la cámara se apreciaba el perfecto espectáculo de música y color. De pronto, el desfile de carros de los cartoneros se cruza por delante del carruaje de comparsa. Habían logrado superar el cordón policial. - ¡Corten!- pronunció con tono desesperado el supuesto director de la filmación. La música se detuvo, el carro, los papelitos y los bailarines también. – Señores, ¿no se dan cuenta que esto es una filmación para un país extranjero?, ¿cómo se les ocurre pasar y arruinar todo?- les gritó el director al grupo de cartoneros. Mientras ellos pasaban con sus cabezas bajas, el último de la fila le respondió: - ¡Que vean los del extranjero cómo nos cagamos de hambre en Argentina!. Y así lograron cruzar la calle México.
¡Acción!, vuelve a comenzar la toma número cincuenta y tres. Sigue el desfile de la fiesta de comparsa sobre México. Sigue el desfile de cartoneros sobre Defensa.
Hubo un momento en el que la cámara registró ese choque de dos comunidades antagónicas de una misma sociedad. Seguramente la imagen de los cartoneros cruzando por delante de la comparsa será editada y no saldrá en la publicidad. Hubo un momento en el que el perfecto cuadro fue el cruce de carruajes y carros, de plumas y cartones.

Que el mundo se entere que Argentina esta en emergencia sanitaria

Anoche estaban todos los senadores reunidos en el Congreso de la Ciudad de Buenos Aires para declarar la emergencia sanitaria a causa del avance del dengue. La mayoría de los votos resultaban ser positivos, hasta que de repente, un llamado al senador oficialista Miguel Pichetto lo obliga a frenar la decisión que estaba a punto de concretarse. La voz que lo llamaba era de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que junto con su marido Néstor decidieron no declarar la emergencia sanitaria por causas absurdas para los ciudadanos, pero inteligentes para las empresas que gobiernan nuestro país. Parece ser más importante el dinero que no va a ingresar del turismo extranjero que la vida de los argentinos que día a día mueren por una epidemia que se podría haber evitado antes con educación y con fondos para la salud.
En un acto político Néstor Kirchner se mostró indignado por las palabras de algunos medios de comunicación que llaman a esta epidemia “la enfermedad de la pobreza”, a lo que agrego que “el dengue les afecta también a los mas ricos”. Pero da la casualidad que los índices mas altos de mortalidad y enfermedad a causa del dengue se dan en las provincias más pobres del norte como Chaco, Catamarca, Jujuy y Salta.
Por su parte, la ministra de salud Graciela Ocaña afirma que “la Nación no esta en emergencia sanitaria”. ¿Acaso no es grave que se triplique el número de casos en menos de quince días? ¿No es grave que muera la población más indefensa? ¿No es grave que la principal causa de esta epidemia sea la desinformación? Parece que para este Estado ausente este tema como tantos otros les son indiferentes. Y como siempre, es fácil hablar y decidir cuando se trata de otras vidas.