jueves, 11 de septiembre de 2008

El sacrificio como acto de fe


En Lavalle y Carlos Pellegrini, en pleno corazón porteño, se encuentra una de las tantas iglesias Universales del Reino de Dios, la cual recluta en su gran mayoría a fieles de escasos recursos, entre ellos, a los pies descalzos de la calle Florida. ¿Culto a Dios o a los pastores de la “Iglesia”?.
Crónica de un encuentro con el más allá… cerca de Brasil.


“Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa”. Mateo 6, 5.

Bienvenidos a la Iglesia Universal del Reino de Dios, un ambiente placentero que huele bien y que, como en una sala de cine, usted puede disfrutar de audiovisuales con
las mejores experiencias melodramáticas de creyentes a los cuales les cambió la vida cuando, al igual que otros creyentes, ingresaron al mundo de Cristo. En este lugar la fe se mezcla con la tecnología, se entrecruza entre patéticas estrategias de marketing, como si estuviera a la venta y sus creyentes fueran sus consumidores. La Iglesia Universal se maneja como una empresa monopólica. No solo por ser su obispo, Edir Macedo, un empresario millonario y dueño de las comunicaciones en Brasil, sino porque además conocen (o dicen conocer) las necesidades actuales y futuras de sus creyentes, complementan imagen y sonido a modo de convencer y no existe un diálogo expreso entre creyentes y pastores. Crean un modelo de hombre exitoso para que los creyentes lo compren y quieran ser como Él.

“Después, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenia para vivir.” Lucas 21, 1 – 4.

Unos pasos tenues se escuchaban desde el fondo del gran salón. Vestía un pantalón violeta, por encima una pollera floreada, un saco gris y una boina azul, y en sus manos llevaba diversas frutas dentro de tres bolsitas atadas. En silencio caminó hacia el altar, llamada por el grito de
“El sacrificio es un acto de fe”, cuyo precursor era un Hombre de tez blanca, de acento extraño y con anillos y pulseras de oro en sus manos. Los pasos se detuvieron frente al Hombre. Desde una mano arrugada y tiznada que salió de uno de los bolsillos del saco gris se deslizaron tres monedas. “Es todo lo que tengo”, dijo una voz desquebrajada de anciana, mientras el Señor observaba esas monedas que se mezclaban entre billetes de diez, veinte y cincuenta pesos. “¡Esto es el demonio”, exclamó entonces el Señor, y levantó hacia el cielo una bolsa de paño. “Y hay que sacarlo de sus vidas”.

“Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados – dijo al paralítico – levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Él se levantó
y se fue a su casa. Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.” Mateo 9, 7 – 8.

Martes de Sanación. “Pónganse todos de pie y señalen con sus manos la parte de su cuerpo en la cual tienen un dolor”, explicó el Pastor con su acento extranjero. Y todos los creyentes, en su mayoría ancianos humildes, cumplieron a rajatabla cada palabra. “¡Sal mal de nuestras vidas!”, gritaba el Pastor mientras sus ayudantes sacudían las cabezas de los fieles y sacaban “el mal” de sus vidas mediante una técnica muy parecida a la que utilizaba Olmedo en su personaje del manosanta. “¿Cuál era su dolor señora?”, preguntó el pastor a una de las ancianas. “Me dolían mucho las piernas pero ya no me duelen, ¿fue un milagro de Dios?”, consultó ella. “¡Salte señora, salte como si estuviera saltando la correa como cuando era niña!”, ordenó el Señor. La anciana comenzó a saltar de un lado hacia otro. “¡Viste como se curó!”, decían de fondo voces incrédulas, voces ignorantes, voces mudas.

“Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.” Lucas 12, 33 – 34.

Viernes: El Gran Desafío de la Cruz. “Los que aún no tengan su sobre para hacer su pedido de fe recuerden que este es el último día para llevar sus peticiones, las cuales serán llevadas al Monte Sinaí en Jerusalén”, recordó el Pastor a sus creyentes. El Monte Sinaí es una montaña situada al sur de la Península del Sinaí, al nordeste de Egipto, y es el lugar donde, según la Biblia, Dios entregó
a Moisés los Diez Mandamientos. Cinco fieles subieron al escenario llamados por uno de los ayudantes del Pastor.
“En este sobre van a depositar sus peticiones y sus sacrificios, el cual debe ser mayor a 300 pesos, menos no puede ser ya que Cristo no atenderá sus ruegos”, le susurró el discípulo al grupo. Y así, le fue preguntando
uno a uno cuánto tenían ahorrado hasta el momento para depositar en el sobre blanco, como si fuese una transacción bancaria. Como si la fe se negociara por una o dos monedas, y las necesidades espirituales fueran un bien de intercambio.